Todas las tardes acudía a aquella solitaria cala, se desnudaba y se sentaba a contemplar el mar. Por su mente discurrían todos los momentos allí compartidos.
Así, vio como su chico se desnudaba por primera vez en el mar, como ella le contemplaba también desnuda desde la orilla, las risas de él, sus miradas cómplices, como corría tras ella intentándola mojar con su cuerpo.
Una sonrisa se esbozaba en su rostro cuando llegaba a ese punto. Entonces, notaba nuevamente en sus piel la suave brisa del mar, se le erizaban los pezones al recordar el tacto frío del cuerpo de su amante y disfrutaba como aquella primera vez de los cálidos besos, de la fuerza de sus brazos rodeándola; traspasando la humedad y dejando como el calor del cuerpo humano se fundía en sus cuerpos. Las caricias de sus manos en su espalda, en su cuello, en sus nalgas,...
Retozaron durante todo un verano en aquella cala, las tardes pasaron sin prisas, se amaron y se prometieron amor eterno dejando como testigos de sus actos las paredes de roca, el cielo y al mar.
El cuerpo hercúleo de su amante reflejaba los rayos del sol, se tumbaba en la arena junto a ella y jugaba delicadamente con sus pezones. Le besaba mientras al oído le decía lo bella que era, cuanto la quería y deseaba que aquel momento fuese eterno.
Como aquel verano, ella acudía a su cita, depositaba su ropa cuidadosamente en la roca y se sentaba a esperar, a esperar que aquel mar que tanta felicidad les dio, le devolviese a su amado. Amante perdido mientras se bañaba, desapareció engullido por un mar celoso que no quiso ser testigo más veces de tanta felicidad. Un mar que no quiso llevársela a ella pero que la unió para siempre en su destino.
Cada anochecer se levantaba muy despacio, con lágrimas en los ojos se vestía y abandonaba la cala. Jamás de su boca salió un reproche, una mala palabra, solo le quedaba su recuerdo y esperar, esperar...